El escepticismo. Casi una necesidad moral para poder ser felices.

Cuteness Mania

 

Esta vez me va a tocar vérmelas cara a cara con un tipo raro. Entusiasta y decepcionado a la vez. Vulgar y elitista. Autista, casi nunca. Huraño y enamorado de la gente. Emotivo y frío. Alguien que ha proclamado sentirse un vividor, al que, sin embargo, le seduce cada vez más coquetear con el ascetismo. Me interrumpe este hombre:

 -"Puede usted ahorrarse continuar ideando nuevos calificativos sobre mi, vale resumirme como un modesto aficionado a los placeres. Se trata básicamente de eso".

 -"Mire, lo siento, procuro, siempre que puedo evitarlo, no incurrir en la cursilería".

 -"Hace mal, a veces la cursilería no es más que un desahogo. Otra forma diferente de exabrupto".

 Nos miramos los dos a los ojos. Fijamente. Con cara de póker. Puro teatro: la expectación es mínima, ambos llevamos tratándonos desde antiguo y a estas alturas nos conocemos ya lo suficiente el uno al otro como para no sorprendernos en demasía de nada de lo que aquí juntos, frente a frente, podamos sacar a la luz. Cuando voy a dar comienzo a la entrevista, Julian me interrumpe de nuevo:

 -"Tan solo una matización. A pesar de todo eso que acaba de mencionar usted para ponerles en antecedentes a los lectores acerca de mi encarnadura emocional, deseo manifestarle que en modo alguno me considero a mi mismo un tipo contradictorio".

 Interpreto estas palabras como una finta, de entrada no se me ocurre que pueda pretender mi entrevistado intentando confundirnos a mi y a ustedes. Le pregunto:

 -"Veamos, Julián... ¿qué es para usted lo más importante de todo?".

 -"Nosotros. Uno mismo, nosotros mismos, eso es lo que tiene verdadera importancia. Todos, todos y cada uno de nosotros somos lo más importante que existe. Una vez alcanzada la edad del raciocinio las personas estamos ya solas. Para siempre. Y debemos acostumbranos a esa situación, saber como enfocarla y aprender a apreciarla".

 -"¿No se trata de una postura demasiado egoísta?".

 -"Es lo que hay. Pero... no... no lo creo. Si no somos capaces de amarnos -y comprendernos- a nosotros mismos, difícilmente vamos a poder hacerlo respecto a los demás".

 -"Podría explicar esto con algo más de detalle...".

 -"Es muy sencillo. Para trasmitir bondad debo, primero, ser bueno. Para transmitir felicidad, sentirme feliz. Para ayudar a los demás, para educar a los hijos, preocuparme antes por saber. Y a tales fines -estupendos todos ellos en esencia, me parece- necesitamos, lo primero de todo, querernos, querernos mucho a nosotros mismos, al margen de cual puedan ser en cada momento las circunstancias externas que afecten a nuestras vidas...

 -"... luego... la vida se halla condicionada siempre por un buen puñado de factores ajenos a nosostros; lo reconoce".

 -"Es evidente, hombre. Y precisamente por ello no debemos permitirnos que ni una sola de esas influencias nos aboque a la frustración. A minusvalorarnos. Al abandono personal. Es justo a tales efectos a los que creo que nos interesa, sobremanera, asumir la preeminencia de la soledad y aprender a apreciarla. ¡Mal asunto si pensamos que nuestra felicidad tiene que depender de la conducta de los demás, que deba sustentarse en los comportamientos que ellos mantengan en cada momento hacia nosotros, porque tarde o temprano vamos a acabar exigiéndoles más, bastante más, de lo que, la mayoría de las veces, los pobres se encuentran en disposición de ofrecer!".

-"Esas palabras me resultan familiares. Suenan a desencanto".

 -"¿Y?".

-"¿Debemos hacerle caso a un desencantado? ¿no actuará por despecho, interesadamente?".

 -"Como tarde o temprano casi todo el mundo termina desencantándose -al menos, en cierta medida- mis palabras también habrán de terminar por serles útiles a casi todo el mundo. Bueno... no seamos fatuos, digamos mejor que llegado un momento dado de sus vidas es bien probable que muchísima gente que pudiere conceptuar de egoista una opinión como la expuesta, pase a dejar de hacerlo, porque a su vez comience a opinar de esa forma. Y, ya se sabe, el egoismo es siempre el de "los otros".

 -"Lo que nos faltaba... ¡también es usted un cínico!".

 -"Egoista, cínico, desencantado... ¿no se le ocurre algo más amable con lo que referirse a mi?. Criticar resulta tarea bien fácil: ni uno solo entre nosotros -todos los hombres y las mujeres- llegamos a ser siquiera medianamente perfectos, y sacarles defectos a los demás, así porque sí, sin reservas y sin matices, está al alcance del más tonto del barrio. Basta sólo con ponerse a remedar las manias y las gracietas propias de cuando adolescentes adaptandólas a la edad adulta. Pero... ¡qué va a hacérsele, la arrogancia y la insidia rinden unos frutos tan provechosos por estos pagos que no creo que ni una ni otra vayan a poder desaparecer por las buenas!.

 -"Bueno, mire, perdone que se lo diga, pero usted no es nadie para darle lecciones de moral a nadie. Pues bueno es usted que a la menor disputa en la que se ve incurso termina perdiendo los papeles y levantando la voz".

 -"No siempre, las más de las veces trago; bien lo sabe. Pero sí, lo admito, hay ocasiones en la que me cuesta dominar la ira. Cuando, exhausto y afónico después de argumentar una y otra vez lo que defiendo desde muy diversas perspectivas, la réplica que obtengo por parte de los demás prescinde de fundamentarse en el mínimo razonamiento, me enfado. Y luego me arrepiento, y pido perdón, pero de entrada he metido la pata. Todavía no he aprendido a bandear ese tipo de lances -ya ve como no soy tan cínico- sin expresar en alto la valoración moral que me merece el talante de mi antagonista. Recapitulemos entonces: soy alguien egoista, cínico, escéptico y proclive a la ira. Todo eso soy. Y algunas cosas algo mejores, también... supongo. Yo a usted, en cambio, prefiero preguntarle por sus virtudes ¿le importaría enumerármelas?.

 -"Lo siento. Yo soy aquí el que pregunta. No el que responde".

 -"Bueno, si no le molesta, me aventuraré yo a hacerlo, creo que le conozco bastante bien. Lo veo a usted como un tipo entusiasta al que le gusta esmerarse por agradar al prójimo. Un tipo que se emociona con facilidad, un poco a lo tonto, tal vez, pero eso no es tan malo. Predomina en usted la vena optimista y se siente incapaz de hacer daño a propósito a los demás: a los que no se lo merecen porque fastidiarlos supondría una injusticia y a los que sí se han hecho acreedores a que usted les sacuda caña, porque elude los enfrentamientos. Teme a la gente, no se fía de ella, sabe que un caso de apuro nunca iba a poder llegar usted a competir con sus mismas armas".

 -"Soy un cobarde entonces, más de una vez he sopesado esa posibilidad...".

 -"No, usted no es un cobarde, al principio empieza por plantarles cara -con sensatez, sin dobleces- a los acontecimientos, pero esto le termina cansando, incluso amedrentando, lo que usted quiere en el fondo es vivir en paz, no desperdiciar su tiempo en largas discusiones, y termina por claudicar y enrocarse tranquilamente en el apaciguador refugio del escepticismo. Lo sé de buena tinta, no me lo niegue, porque en esto los dos somos clavados. Ambos estamos de acuerdo en que hay que saber disfrutar de la vida según se nos va sirviendo. Y... los pellejos y las raspas, cuando aparezcan ¡directos al cubo de la basura!. ¿O no?".

 -"¿Ese que hemos colocado en el rincón más antipático de nuestra memoria?".

-"No. En nuestras memorias no es conveniente que quede ningún desperdicio. Mejor escribir sobre el problema en un archivo de word y acabar tirando el texto a la papelera de reciclje".

 -"¿O volcarlo en un blog?".

 -"O volcarlo en un blog. Tanto da. ¡Para lo que se leen!".